
Acabo de llegar. Es de noche. De madrugada. En la calle se perciben esas gotitas que hay en el ambiente y todo está mojado. Esa lluvia sin nubes que moja todo lo que encuentra a su paso. En la calle no se oye nada. La farolas iluminan levemente esos riconcitos más estraños. Estoy cansado. Muy cansado. Los párpados se me van cerrando y a mi intento de mantenerlos abiertos me transportan por un viaje surreal en el que las formas y los colores se deforman. Incluso el tiempo no es el mismo, todo parece ir más despacio, o a veces, más deprisa. Sacudo mi cabeza, no quiero dormirme aún. Sé que si lo hago, dejaré de ser yo mismo y me convertiré en otra persona. Quiero estar bien consciente y poder terminar de escribir este testamento antes de dormirme, por si tal vez muero en ese fabuloso trance. Cada vez me cuesta más mantenerme despierto. Los dedos no pulsan correctamente las teclas, las líneas se pelean y me obligan a forzar la vista. Mi campo visual dismiuye y mis oídos no perciben bien los sonidos. Tengo frío y de repente una ráfaga de calor pasea rápidamente por mi cuerpo. Estoy tan cansado que no siento las piernas, y ese no sentirlas produce una estraña sensación de placer. La cabeza pierde el equilibrio. No aguanto más, quiero seguir escribiendo. Me gusta escribir. Pero creo que he vuelto a perder. La lucha entre las letras y los nuevos mundos ha vuelto a terminar. Cierro la pantalla de golpe y me estiro en la cama. Sí, creo que eso haré. Buenas noches. Buen viaje.
Texto: Un texto que acabo de improvisar, pero que ha dejado buen sabor de boca. Hermes dixit.
Imagen: Agua de la pecera vista desde abajo. ¿Qué acaso la realidad no puede ser un sueño?
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martes, 13 de mayo de 2008
··· Testamento hipnótico ···
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